Mientras yo voy cerrando la comitiva ciclista, Islandia se va abriendo ante nosotros. Los geiseres de Geysir explotan y ascienden sobre el cielo azul sin previo aviso, asustándonos y llenándonos de alegría a la vez. Chorros de agua a 100 grados que se alzan y difuminan en diminutas gotas sobre nuestros hombros y cabellos.
Islandia se abre, y cierra, frente a nuestras ruedas y alforjas kilómetro a kilómetro. Cuando las nubes grises cubren un sol ardiente, nos congelamos; algunos minutos más tarde vuelve a lucir y nos achicharramos...
Al salir del camping, el viento empieza a empujarnos con sus gélidas manotas. Un viento de 18 km/h que, más adelante, nos hará replantearnos la ruta. Pero ahora estamos iniciando la jornada, los prados se extienden, las ovejas lanudas, tumbadas, nos observan pasar y una gaviota ártica se detiene, alas extendidas, frente al viento, jugando con él a dejarse caer de improviso y rozando las espigas verdes en un vertiginoso descenso para remontar de nuevo a las alturas.
De repente, un pájaro chiquinín asciende y se une al divertimento aniadiendo una aproximación traviesa al ave de mayor tamanio, a la que parece picotear cada vez que se encuentra a su lado. Están jugando! En ese momento, el baile individual se convierte en un dúo de acrobacias. Observo esta inédita experiencia mientras "What a wonderful world", de Louis Armstrong, resuena en mis óidos. Es un momento de sublime ternura que despierta una sonrisa en mis labios.
Progresivamente, el viento aumenta de intensidad. Sopla a 20, 30 km/h con unas rachas que nos golpean una y otra vez desde diferentes direcciones a medida que la carretera, al cambiar de orientación, propicia que Njord, el dios del viento, nos empuje, riendo, desde proa, popa, babor y estribor. Me refugio en Boston, en su "More than a feeling". Las guitarras eléctricas pinchan a mis cuádriceps para que empujen, empujen, empujen, fuerte contra esas manos invisibles. Encorvo mi cuerpo, me convierto en un ciclista escarabajo con una brillante armadura de queratina sobre la que este fortísimo aire resbala. Vivimos la paradoja de bajar cuestas, pedaleando, a 7 km/hora y subirlas, sin hacer el mínimo esfuerzo, a 30. Travesuras de este dios impertinente y juguetón que tiende a sacarnos, una y otra vez, de la carretera.
Llegamos a la magnífica cascada de Gulfoss...
Tras verla, teniida de este cielo azul hielo desde el que se aproxima, lentamente, una tormenta, pedalear se convierte en una acción de alto riesgo. Yolanda va delante de mí y a pesar de que intenta ir por el centro del carril, una fuerza invisible la va arrastrando hacia el contrario, por el que vienen, a toda velocidad, los potentes e inmensos todoterrenos islandeses. "A la derecha, a la derecha!" le insto a hacer, empezando a sentirme tenso ante el peligro. "A la derecha!" vuelvo a gritar. Mejor caer al talud que bajo las ruedas de los vehículos. Cuando estoy a punto de gritarle que salte de la bici, siento un intenso golpe de viento en la mía que inunda de adrenalina mi torrente sanguíneo y de tensión mis manos, que sujetan con fuerza el manillar. Ahora yo también estoy siendo atacado por Njord. Toda mi atención se concentra en contrarrestar ese empuje hacia la catástrofe...
Algunos minutos más tarde, cuando por fin cambiamos de carretera, el enemigo se convierte en aliado y volamos volamos volamos durante 30 km sin esfuerzo. Tras una parada para tomar una fotografía, me subo a Walkyria y, sin dar una sola pedalada para impulsarme, alcanzo la velocidad de 26 km/h... Más tarde, el cuentakilómetros me dirá que estoy bajando una cuesta a 65 km/h. Reduzco, piso freno, y me cuesta ralentizarla. Inconcebible...
Llegados al camping, reflexionando sobre cómo afrontar los próximos días en función del las previsiones atmosféricas, nos descubrimos atrapados en esa trampa anunciada por otros cicloturistas que nos precedieron: prever, reorientar, planificar en exceso. Obsesionarse con las páginas meteorológicas. Pero no queda otra. Islandia no lo tolera. Has de plegarte a sus deseos. No puedes enfrentarte al viento y tus planes han de ser, necesariamente, adaptativos al día que amanece o, como mucho, a las previsiones del día siguiente. Mover tu cuerpo, tu bici, hacia el lugar que ese día invita a ser recorrido, cambiar norte por sur, este por oeste o guarecerte, tranquilo, disfrutando de la lectura, la charla, alguna piscina geotermal, esperando a que pase la tormenta, ya sea de agua, viento... o fuego!
Islandia se abre, y cierra, frente a nuestras ruedas y alforjas kilómetro a kilómetro. Cuando las nubes grises cubren un sol ardiente, nos congelamos; algunos minutos más tarde vuelve a lucir y nos achicharramos...
Al salir del camping, el viento empieza a empujarnos con sus gélidas manotas. Un viento de 18 km/h que, más adelante, nos hará replantearnos la ruta. Pero ahora estamos iniciando la jornada, los prados se extienden, las ovejas lanudas, tumbadas, nos observan pasar y una gaviota ártica se detiene, alas extendidas, frente al viento, jugando con él a dejarse caer de improviso y rozando las espigas verdes en un vertiginoso descenso para remontar de nuevo a las alturas.
De repente, un pájaro chiquinín asciende y se une al divertimento aniadiendo una aproximación traviesa al ave de mayor tamanio, a la que parece picotear cada vez que se encuentra a su lado. Están jugando! En ese momento, el baile individual se convierte en un dúo de acrobacias. Observo esta inédita experiencia mientras "What a wonderful world", de Louis Armstrong, resuena en mis óidos. Es un momento de sublime ternura que despierta una sonrisa en mis labios.
Progresivamente, el viento aumenta de intensidad. Sopla a 20, 30 km/h con unas rachas que nos golpean una y otra vez desde diferentes direcciones a medida que la carretera, al cambiar de orientación, propicia que Njord, el dios del viento, nos empuje, riendo, desde proa, popa, babor y estribor. Me refugio en Boston, en su "More than a feeling". Las guitarras eléctricas pinchan a mis cuádriceps para que empujen, empujen, empujen, fuerte contra esas manos invisibles. Encorvo mi cuerpo, me convierto en un ciclista escarabajo con una brillante armadura de queratina sobre la que este fortísimo aire resbala. Vivimos la paradoja de bajar cuestas, pedaleando, a 7 km/hora y subirlas, sin hacer el mínimo esfuerzo, a 30. Travesuras de este dios impertinente y juguetón que tiende a sacarnos, una y otra vez, de la carretera.
Llegamos a la magnífica cascada de Gulfoss...
Tras verla, teniida de este cielo azul hielo desde el que se aproxima, lentamente, una tormenta, pedalear se convierte en una acción de alto riesgo. Yolanda va delante de mí y a pesar de que intenta ir por el centro del carril, una fuerza invisible la va arrastrando hacia el contrario, por el que vienen, a toda velocidad, los potentes e inmensos todoterrenos islandeses. "A la derecha, a la derecha!" le insto a hacer, empezando a sentirme tenso ante el peligro. "A la derecha!" vuelvo a gritar. Mejor caer al talud que bajo las ruedas de los vehículos. Cuando estoy a punto de gritarle que salte de la bici, siento un intenso golpe de viento en la mía que inunda de adrenalina mi torrente sanguíneo y de tensión mis manos, que sujetan con fuerza el manillar. Ahora yo también estoy siendo atacado por Njord. Toda mi atención se concentra en contrarrestar ese empuje hacia la catástrofe...
Algunos minutos más tarde, cuando por fin cambiamos de carretera, el enemigo se convierte en aliado y volamos volamos volamos durante 30 km sin esfuerzo. Tras una parada para tomar una fotografía, me subo a Walkyria y, sin dar una sola pedalada para impulsarme, alcanzo la velocidad de 26 km/h... Más tarde, el cuentakilómetros me dirá que estoy bajando una cuesta a 65 km/h. Reduzco, piso freno, y me cuesta ralentizarla. Inconcebible...
Llegados al camping, reflexionando sobre cómo afrontar los próximos días en función del las previsiones atmosféricas, nos descubrimos atrapados en esa trampa anunciada por otros cicloturistas que nos precedieron: prever, reorientar, planificar en exceso. Obsesionarse con las páginas meteorológicas. Pero no queda otra. Islandia no lo tolera. Has de plegarte a sus deseos. No puedes enfrentarte al viento y tus planes han de ser, necesariamente, adaptativos al día que amanece o, como mucho, a las previsiones del día siguiente. Mover tu cuerpo, tu bici, hacia el lugar que ese día invita a ser recorrido, cambiar norte por sur, este por oeste o guarecerte, tranquilo, disfrutando de la lectura, la charla, alguna piscina geotermal, esperando a que pase la tormenta, ya sea de agua, viento... o fuego!
| Un dios ignoto nos observa desde las montanias... |
| Riquísima malta! (y un nuevo amiguito) |
Lo primero que dotadito esta tu nuevo amiguito el jodio, jajjaja, bueno ahora en serio que contrastes estas viviendo este año el pasado viaje asao de calor y este todo lo contrario, preciosos paisajes la verdad que parece que estas en otro planeta , me gusta que la musica te acompañe y bonita musica por cierto , casualmente a mi me ha saltado una cancion ahora que me encanta de Barbara Streisando , de la pelicula tal como eramos , peli que adoro , la cancion es The way we were, sigue disfrutando de todos esos momentos guardalos bien para que luego me los puedas contar , te mando muchos besos y nos vemos a la vuelta,bsss
ResponderEliminarUn abrazo géeeeelido...
ResponderEliminarPD: a mí también me gusta mucho ese tema:)
Wow Walt me encanta Gulfoss!!! Que lugar tan increíble!!
ResponderEliminarFotos preciosas....muchos besos y cuidate de ese vientoooooo.
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