en los que encajas tu pie, acomodándote a unas distancias que no son las tuyas, solidificando un rastro que alguien, antes que tú, abrió, que otros, detrás de ti, continuarán. Hormiguitas buscando cumbres de hielo.
El paisaje volcánico sigue desplegando sus miles de formas y tamaños oscuros. Las montañas son cebras de piedra desde las que sopla un viento gélido que me obliga a llevar puestas todas mis prendas de ropa: camiseta de manga larga térmica, cortavientos, plumas y gore tex. Nada me sobra.
Las fumarolas ascienden en volutas sulfurosas. Adelante, adelante. Despacito. Las correas de la mochila destrozan los hombros y su peso va aumentando a medida que lo hacen los kilómetros recorridos en este mundo recién creado. Los glaciares inundan horizontes lejanos y sus lenguas de hielo y piedra van lamiendo las montañas, creando valles y ríos. Corrientes de agua que hay que vadear descalzándose y llenándose de una paciencia dolorosa que soporta los lentos pasos sobre las piedras del lecho, para no resbalarse, sintiendo la serpiente gélida ascender por las piernas, arremetiéndome, hasta que llego a la otra ribera y puedo soltar la carga y gritar, gritar, gritar, sin que mi aterido cuerpo sepa qué hacer, si desmayarse o llorar...
El paisaje volcánico sigue desplegando sus miles de formas y tamaños oscuros. Las montañas son cebras de piedra desde las que sopla un viento gélido que me obliga a llevar puestas todas mis prendas de ropa: camiseta de manga larga térmica, cortavientos, plumas y gore tex. Nada me sobra.
Las fumarolas ascienden en volutas sulfurosas. Adelante, adelante. Despacito. Las correas de la mochila destrozan los hombros y su peso va aumentando a medida que lo hacen los kilómetros recorridos en este mundo recién creado. Los glaciares inundan horizontes lejanos y sus lenguas de hielo y piedra van lamiendo las montañas, creando valles y ríos. Corrientes de agua que hay que vadear descalzándose y llenándose de una paciencia dolorosa que soporta los lentos pasos sobre las piedras del lecho, para no resbalarse, sintiendo la serpiente gélida ascender por las piernas, arremetiéndome, hasta que llego a la otra ribera y puedo soltar la carga y gritar, gritar, gritar, sin que mi aterido cuerpo sepa qué hacer, si desmayarse o llorar...
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