Islandia ha doblegado la voluntad del grupo cicloturista. Tras varios días de alianza entre Thor -la lluvia- y Njord -el viento-, en Selfoss decidimos alquilar un coche para buscar al sol en su efímera, deseada e inconstante presencia islandesa. Un vehículo que nos pemita visitar aquellos lugares a los que nos hubiese gustado llegar pedaleando.
A bordo de esta nave -un Dacia Logan (al menos tiene el nombre de Lobezno)- los kilómetros pasan raudos frente a nuestros ojos. Una agridulce sensación embarga mi corazón, por una parte la alegría de disfrutar de esta increíble isla, por otra la frustración de no poder hacerlo a lomos de mi querida Walkyria. Es la primera vez que interrumpo un viaje en bici para cambiar de modo de transporte. Me entristece... Pero me resigno intentando enfocarme en lo positivo. Los primeros días, pensé que Islandia no es para bici... Sin embargo, nos encontramos con bastantes cicloturistas, el 90% de ellos extranjeros: alemanes, rusos, ingleses... que me hacen replantear mi negativa inicial... Probablemente sean gentes para las cuales la lluvia es una compañera habitual, los cielos grises un decorado permanente y el frío un traje con el que suelen vestirse sus tierras norteñas. Con todo eso puedo enfrentarme. Pero el viento... Con ese viento que empuja e, incluso, imposibilita el pedaleo... Islandia es muy complicada para el cicloturismo... A no ser que los dioses se alíen y te dejen hacerlo, o que viajes solo y no puedas permitirte alquiler alguno de coche o permanente cambio de autobuses (son carísimos) y no te quede más remedio que pedalear contra viento y marea.
Llegados a Snaefellsness, una impresionante península del oeste, buscamos las huellas de Julio Verne, el visionario escritor francés que imaginó hacer 20.000 leguas de viaje submarino, dar la vuelta al mundo en 80 días o, lo que nos concierne, descender al centro de la Tierra desde Islandia a través del glaciar -el Snæfell- bajo el cual duerme un volcán, pasadizo que le conduciría -nos conducía, de niños, a través de cómics y películas, nunca leí la novela- a vivir multitud de aventuras.
El glaciar está envuelto de nubes que ajironan sus cumbres. Acantilados poblados de charranes y gaviotas de distintos tipos descienden bruscamente hacia la versión más gélida del Océano Atlántico.
Las geométricas formas del basalto configuran distintos volúmenes que se desparraman por las laderas, valles y arrecifes en un espectáculo geológico que fascina. Las aves pasan volando cerca de nuestras cabezas y atacan a Bea y Nacho cuando, sin querer, se aproximan a un nido con crías.
De nuevo vuelta al coche. En lugar de "Here comes the sun", toca cantar "I'll follow the sun", pues ésa es nuestra política: perseguir al sol dondequiera que las predicciones así lo afirmen. Persiguiendo el sol. Coleccionando atardeceres en playas negras donde rompen olas que, antaño, sumergieron barcos en el olvido y se tragaron las vidas de sus marineros entre sus aguas oscuras y frías...
Viajar en coche es monótono y produce sopor. En su estrechísimo y claustrofóbico espacio (somos cinco personas) todo afecta y es afectado a y por todos. Delicadísimo ecosistema exclusivamente humano donde ni las temperarutas de la calefacción ni las canciones del reproductor o su volumen ni los momentos o lugares donde parar son coincidentes y en el que parece haber una máxima unánime: no sobrepasar los 90 kilómetros por hora permitidos en la Ring Road -la carretera que circunvala Islandia- para evitar posibles multones. En cualquier caso, nos llevamos muy bien y pronto se encuentra el acomodo a todas -o casi todas- las necesidades individuales.
Las localidades de innombrables nombres son cometas, estelas que quedan atrás en apenas unos segundos, las carreteras, cuyas cuestas nos harían sudar tinta china y maldecir a todos los dioses nórdicos, si hubiésemos ido en bicicleta, se convierten en meros tránsitos entre bajadas, rectas y curvas. Viajar en coche me agota y abotarga y la acomodación a ritmos grupales me hace infeliz al cabo de unos días, a pesar de que me gustan mucho mis compañeros. De nuevo me encuentro sometido a una velocidad que no me permite leer, escribir, hacer yoga ni meditar, tomar conciencia y presencia de cuanto veo y vivo. A esto se une la circunstancia de que improvisamos el alquiler del vehículo una vez hubimos acabado el trekking, sin posibilidad -por las distancias y orografía- de regresar a por nuestro equipaje, entre el que se encontraba el cargador de mi cámara de fotos, por lo que, apenas unos días después, me quedé sin poder hacer fotos, sin posibilidad de encontrar un internet café y, como he dicho, sin pedalear. Demasiadas frustraciones como para ser gestionadas con calma, creo yo, máxime si se tiene en cuenta lo maravilloso que es este país...
La ansiada independencia -relativa- que la bici propicia respecto a los demás, y que yo había ya comentado con Bea para que no hubiese problemas cuando tomase esta decisión, queda relegada a una semana, tiempo que hemos alquilado el coche. Mientras tanto toca seguir buscando el sol y disfrutando de los impresionantes paisajes y experiencias que ofrece este país...
A bordo de esta nave -un Dacia Logan (al menos tiene el nombre de Lobezno)- los kilómetros pasan raudos frente a nuestros ojos. Una agridulce sensación embarga mi corazón, por una parte la alegría de disfrutar de esta increíble isla, por otra la frustración de no poder hacerlo a lomos de mi querida Walkyria. Es la primera vez que interrumpo un viaje en bici para cambiar de modo de transporte. Me entristece... Pero me resigno intentando enfocarme en lo positivo. Los primeros días, pensé que Islandia no es para bici... Sin embargo, nos encontramos con bastantes cicloturistas, el 90% de ellos extranjeros: alemanes, rusos, ingleses... que me hacen replantear mi negativa inicial... Probablemente sean gentes para las cuales la lluvia es una compañera habitual, los cielos grises un decorado permanente y el frío un traje con el que suelen vestirse sus tierras norteñas. Con todo eso puedo enfrentarme. Pero el viento... Con ese viento que empuja e, incluso, imposibilita el pedaleo... Islandia es muy complicada para el cicloturismo... A no ser que los dioses se alíen y te dejen hacerlo, o que viajes solo y no puedas permitirte alquiler alguno de coche o permanente cambio de autobuses (son carísimos) y no te quede más remedio que pedalear contra viento y marea.
Llegados a Snaefellsness, una impresionante península del oeste, buscamos las huellas de Julio Verne, el visionario escritor francés que imaginó hacer 20.000 leguas de viaje submarino, dar la vuelta al mundo en 80 días o, lo que nos concierne, descender al centro de la Tierra desde Islandia a través del glaciar -el Snæfell- bajo el cual duerme un volcán, pasadizo que le conduciría -nos conducía, de niños, a través de cómics y películas, nunca leí la novela- a vivir multitud de aventuras.
El glaciar está envuelto de nubes que ajironan sus cumbres. Acantilados poblados de charranes y gaviotas de distintos tipos descienden bruscamente hacia la versión más gélida del Océano Atlántico.
Las geométricas formas del basalto configuran distintos volúmenes que se desparraman por las laderas, valles y arrecifes en un espectáculo geológico que fascina. Las aves pasan volando cerca de nuestras cabezas y atacan a Bea y Nacho cuando, sin querer, se aproximan a un nido con crías.
De nuevo vuelta al coche. En lugar de "Here comes the sun", toca cantar "I'll follow the sun", pues ésa es nuestra política: perseguir al sol dondequiera que las predicciones así lo afirmen. Persiguiendo el sol. Coleccionando atardeceres en playas negras donde rompen olas que, antaño, sumergieron barcos en el olvido y se tragaron las vidas de sus marineros entre sus aguas oscuras y frías...
Viajar en coche es monótono y produce sopor. En su estrechísimo y claustrofóbico espacio (somos cinco personas) todo afecta y es afectado a y por todos. Delicadísimo ecosistema exclusivamente humano donde ni las temperarutas de la calefacción ni las canciones del reproductor o su volumen ni los momentos o lugares donde parar son coincidentes y en el que parece haber una máxima unánime: no sobrepasar los 90 kilómetros por hora permitidos en la Ring Road -la carretera que circunvala Islandia- para evitar posibles multones. En cualquier caso, nos llevamos muy bien y pronto se encuentra el acomodo a todas -o casi todas- las necesidades individuales.
Las localidades de innombrables nombres son cometas, estelas que quedan atrás en apenas unos segundos, las carreteras, cuyas cuestas nos harían sudar tinta china y maldecir a todos los dioses nórdicos, si hubiésemos ido en bicicleta, se convierten en meros tránsitos entre bajadas, rectas y curvas. Viajar en coche me agota y abotarga y la acomodación a ritmos grupales me hace infeliz al cabo de unos días, a pesar de que me gustan mucho mis compañeros. De nuevo me encuentro sometido a una velocidad que no me permite leer, escribir, hacer yoga ni meditar, tomar conciencia y presencia de cuanto veo y vivo. A esto se une la circunstancia de que improvisamos el alquiler del vehículo una vez hubimos acabado el trekking, sin posibilidad -por las distancias y orografía- de regresar a por nuestro equipaje, entre el que se encontraba el cargador de mi cámara de fotos, por lo que, apenas unos días después, me quedé sin poder hacer fotos, sin posibilidad de encontrar un internet café y, como he dicho, sin pedalear. Demasiadas frustraciones como para ser gestionadas con calma, creo yo, máxime si se tiene en cuenta lo maravilloso que es este país...
La ansiada independencia -relativa- que la bici propicia respecto a los demás, y que yo había ya comentado con Bea para que no hubiese problemas cuando tomase esta decisión, queda relegada a una semana, tiempo que hemos alquilado el coche. Mientras tanto toca seguir buscando el sol y disfrutando de los impresionantes paisajes y experiencias que ofrece este país...
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