martes, 18 de agosto de 2015

Haciendo autostop

He decidido tomarme el día libre del grupo. Descansar de ellos y que ellos descansen de mí. Tras escribir, de pie, en el blog, sin posibilidad de introducir fotos (porque el ordenador no lo permite) en el centro de información de Reikjahlid junto al lago Mývatn (a ver quién puede pronunciar estos nombres), en el norte de Islandia, pruebo a desplazarme del modo en que lo hacen muchas personas en este país: el autoestop.
Quiero ir a ver el lago Viti en el cráter del volcán Krafla. Dieciocho kilómetros. Podría parecer, cuando echo a andar, que estoy solo, pero no lo estoy. Myvatn significa "El lago de las moscas enanas". Podéis imaginar por qué... Cientos de diminutas moscas sobrevuelan alrededor de mi cabeza, haciendo nido en mi cabello y revoloteándome ojos, narices y boca. Al cabo de un rato, cuando estoy haciendo mis ejercicios fonéticos, una de ellas se cuela, glup!, en mi garganta y, puaj, puaj, me dan arcadas. Una pequeña mosca suicida que estaba cansada de ser tan pesada, o una aventurera que ha perdido su molestosa vida explorando nuevos espacios...
Mochila en la espalda, comienzo a caminar por la carretera, girándome para mirar, de cuando en cuando, a los coches que vienen a mi espalda (cuando soy capaz de escucharles venir con tiempo). Marco con el pulgar. Un coche, dos, tres... A lo largo de los siguientes minutos, se produce todo un despliegue de diferentes conductas en los conductores.Unos me miran, alzan los hombros y sonríen. Otros me indican que su vehículo ya va completo y que les gustaría pero no pueden. Otros, incómodos, evaden mi midada observando el infinito; si tuviese un poco de vergüenza, me digo, me sentiría como un pordiosero mendigando un espacio de modo gratuito, pero una vez metido en el viaje, me asilvestro y hay cosas que me parecen muy divertidas, como ésta. Unas japonesas incluso me saludan (creerán que es eso lo que significa mi dedito gordo emergiendo de la mano?)
El sol aprieta. Me quito el cortavientos. Sigue apretando. Me quito la camiseta. Sigue. Me la enrollo en la cabeza para protegerme. Ahora sí que se lo estoy poniendo complicado a los conductores que me pasan. Una prueba kármica difícil de superar. Barbudo, flaquito, con la camiseta en la cabeza (menos mal, así no ven mi voluminoso cabello jacksonfaifiano), sonrío y les invito a que me inviten a subirme a su coche. Los minutos pasan. Asfalto. Columnas de vapor sulfuroso ascendiendo por los laterales. Montaña cada vez más empinada. Rocas azufradas y cielo acuareleado... Todo un lujo para la vista y un cuasi desagrado para el olfato. Los coches pasan. Cuatro, cinco... nueve... once... Un lago turquesa se abre a mi izquierda, un cartel indica que hay "hot spots under the surface" y que está prohibido bañarse. Vaya, lástima. Era idílico para un chapuzón en calzoncillos, pues he olvidado mi bañador... (veis lo que os comentaba del asilvestramiento?)
Yolanda, una de las compañeras de viaje, hizo autoestop el otro día y no tuvo problema. También varias chicas españolas con las que hablé en Reikiavik lo habían utilizado. Claro que el ser chica, o chico, puede marcar una diferencia en esta divertida experiencia en la que no tienes ni idea de quién te va a coger ni cuándo va a suceder.

Veintinueve coches y treinta minutos después una pareja de franceses para. Dos jóvenes que no dominan muy bien el inglés y que van justo donde necesito han sido las almas caritativas. Aparto un poco sus mochilas, en el asiento trasero, y me acomodo. Un envase de yogur, vacío, en el suelo. Mapas aquí y allá... Veo los ojos verdes de él a través del espejo retrovisor, cuando me hace algunas preguntas, y escucho la voz de ella, en el asiento del copiloto que está delante de mí. Aunque el idioma francés no me gusta, la voz de esta chica me encanta. Suena a creppe de chocolate y, de cuando en cuando, asoma sus ojitos azules al otro lado del reposacabezas. Cuando llegamos, muchos mersis bocú y muchas sonrisas y listo para empezar mi visita solitaria a este maravilloso paraje.
Tras la visita al cráter y la caída patosa que describo en la entrada de la meditación, decido repetir la experiencia pedigüeña para retornar al momentáneo hogar. Once coches pasan a mi lado hasta que una pareja de estadounidenses, con los que no dejamos de charlar animadamente, me coge y lleva direeeeectamente hasta la puerta del camping. Fabuloso. Muchas gracias, vida.


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