El puerto se deja domar con sospechosa docilidad. En las cumbres duermen nubes grises que pronto empiezan a besarnos con sus labios de agua... Frente a lo que creía montaña, hay un cartel informativo: estamos en los dominios de su majestad el Hekla, uno de los volcanes más activos de Islandia y considerado una de las Puertas del Infierno.
El Hekla entra en erupción, aproximadamente, cada diez años y la última vez fue... en el 2010... ups... Corrientes de partículas volcánicas y gases a 130 km/h con temperaturas de 800 grados que pueden enterrar todo en un radio de 50 kilómetros... Inquietante, cuando menos, si se tiene en cuenta que la erupción se puede detectar tan solo 30 o 45 minutos antes de que se produzca... ¿Cómo no va a ser la Puerta del Infierno si no ha dejado de tener erupciones a lo largo de la historia del hombre? Bombas que alcanzan 20 kilómetros de distancia, ceniza que cubre el cielo y que produce muerte en serie de plantas y animales produciendo hambrunas y enfermedades para las personas.... El Hekla. Quitémonos el sombrero ante él, mirémosle con respeto y... démonos prisa en pasar a su lado...
Pedalear terreno volcánico es atravesar el Valle de las Sombras. Figuras fantasmagóricas se alzan a ambos lados, mirándote, mientras las ruedas derrapan por la gravilla negra y tienes que poner pie en tierra constantemente. Monstruos de magma solidificado que tienen, de fondo, cumbres oscuras cubiertas parcialmente de nieve, figuras rorschach en las que puedes percibir fantasmas, siluetas de hombres muertos, máscaras gigantes... Y ríos... Ríos de afilados colmillos que me desgarran cuando tenemos que vadearlos descalzos, en chanclas o calcetines, tras haber pasado previamente las alforjas delanteras para evitar que se inunden. Ríos plácidos, recién nacidos en esas montañas volcánicas que han surgido, violentamente, en esta isla bebé de tan solo 17 millones de años en la que el planeta Tierra muestra su permanente actividad, su increíble vitalidad, de manera contundente...
Los vehículos que nos pasan o cruzan son igualmente demoníacos: ruedas desproporcionadas de los quads, todoterrenos, caravanas y autocares llenos de turistas. Pero también cicloturistas con los que nos encontramos, sobre todo, en los campings en los que montamos nuestras tiendas bajo un cielo al que le cuesta trabajo oscurecerse.
Montar y desmontar la tienda que comparto con Yolanda, cada día, junto a ríos gélidos, observando cómo cicloturistas franceses, alemanes y rusos hacen exactamente lo mismo. Compañeros de ojos azules en chanclas que disfrutarán, sin duda, de lo que para ellos es un tiempo veraniego de 7 u 8 grados de mínima y 14 de máxima.Temperaturas que van ganando centímetro a centímetro mis huesos y carnes, alojándose en mis tuétanos e irradiando, desde ellos, corrientes de escalofríos a todos mis cuerpos...
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