Las aguas borbotean y un musgo algoso de tonos verdes, rojos y blancos flota en la superficie y se mece al ritmo de la suave corriente.
Camino por una pasarela de madera que, en algunos tramos, está inundada. Frente a mí se eleva un murallón de lava solidificada desde el que serpentean estas aguas geotermales que exhalan una tenue neblina fumaroleada.
Cabecitas enrojecidas asoman de la superficie, sonrientes, relajadas, charladoras. Me desnudo y el frío me rodea con sus brazos de acero. Bajo los peldaños y cuando los dedos de mis pies tocan el agua se produce una absoluta contradicción térmica. De los ocho grados exteriores mi piel empieza a absorber los veinte, treinta, cuarenta... que tiene el agua a medida que remonto el río aproximándome al conciliábulo de las gentes allí reunidas.
Mamíferos que nos hemos arrastrado, transfigurándonos en reptiles, primero, y en anfibios, después, para ser acogidos por este caldo primigenio del que un día, hace 3.600 millones de años, surgimos en un lugar muy parecido al que nos encontramos ahora... Una Tierra recién formada en la que llovía durante miles de años, los volcanes rasgaban la nueva corteza desde el interior y los meteoritos la golpeaban violentamente desde el exterior.
Células formando membranas, vida creándose a sí misma en un inconcebible ciclo que sólo sabe recombinarse y avanzar como una flecha imparable hacia el fin de los tiempos. De ahí venimos, de ese ser unicelular, y ahí retornamos todos ahora, aquí, flotando, con nuestras manos introduciéndose en este suelo ardiente. Rusos, alemanes, islandeses o españoles. Es lo mismo. Todos abrazados a esta experiencia, fundidos a estas aguas increíble y gustosamente calientes de las que da pena salir.
Viajamos a los orígenes del planeta, de la vida. Volvemos a ser, como decía Carl Sagan, polvo de estrellas.
Camino por una pasarela de madera que, en algunos tramos, está inundada. Frente a mí se eleva un murallón de lava solidificada desde el que serpentean estas aguas geotermales que exhalan una tenue neblina fumaroleada.
Cabecitas enrojecidas asoman de la superficie, sonrientes, relajadas, charladoras. Me desnudo y el frío me rodea con sus brazos de acero. Bajo los peldaños y cuando los dedos de mis pies tocan el agua se produce una absoluta contradicción térmica. De los ocho grados exteriores mi piel empieza a absorber los veinte, treinta, cuarenta... que tiene el agua a medida que remonto el río aproximándome al conciliábulo de las gentes allí reunidas.
Mamíferos que nos hemos arrastrado, transfigurándonos en reptiles, primero, y en anfibios, después, para ser acogidos por este caldo primigenio del que un día, hace 3.600 millones de años, surgimos en un lugar muy parecido al que nos encontramos ahora... Una Tierra recién formada en la que llovía durante miles de años, los volcanes rasgaban la nueva corteza desde el interior y los meteoritos la golpeaban violentamente desde el exterior.
Células formando membranas, vida creándose a sí misma en un inconcebible ciclo que sólo sabe recombinarse y avanzar como una flecha imparable hacia el fin de los tiempos. De ahí venimos, de ese ser unicelular, y ahí retornamos todos ahora, aquí, flotando, con nuestras manos introduciéndose en este suelo ardiente. Rusos, alemanes, islandeses o españoles. Es lo mismo. Todos abrazados a esta experiencia, fundidos a estas aguas increíble y gustosamente calientes de las que da pena salir.
Viajamos a los orígenes del planeta, de la vida. Volvemos a ser, como decía Carl Sagan, polvo de estrellas.
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