jueves, 27 de agosto de 2015

La meditación del Señor de los Vientos (con trompazo final)


Sentado frente al Viti, en cuyo interior duerme un agua que, indecisa, no sabe con cuál turquesa decide vestirse, pienso en cómo le gustaría a mi prima Ana estar aquí, viéndolo, sintiendo su color favorito ir inundando lentamente sus retinas, como lo estoy hacieno yo, hasta quedar borracha.
Me siento y disfruto de mi bocadillo de fiambre ahumado islandés mientras, a mi espalda, las impresionantes chimeneas de la central geotérmica expulsan al cielo densas columnas de vapor blanco que ascienden hacia un cielo inusitadamente azul.

El ruido que produce es ensordecedor cuando te aproximas a ellas, parecido al de un aeropuerto donde decenas de aviones se hubiesen vuelto locos.






















Acabada la comida, me dispongo a meditar. Cruzo mis piernas, cierro mis ojos. Bajo mí, un volcán apagado. En frente, un maravilloso lago. El viento juega con mi cabello. Un intenso olor sulfuroso llega a varahadas. El suelo es rugoso, millones de piedras de todos los tamaños se desparraman hacia el cráter. Este carnaval de estímulos perceptivos es idóneo para fundirme en el presente y en lo que cada uno de ellos puede ofrecerme. Dejo que los pensamientos sean arrastrados por este viento norteño, invitando a mis nudos emocionales a soltarse, a viajar a lo largo de los fiordos y cabalgar ballenas y delfines. Me voy sumergiendo poco a poco en el olvido, y recuerdo, cómo no -mente traviesa- la meditación del año pasado en Senegal, bajo una lluvia torrencial, interrumpida por un golpe potente en el pecho cuando la bici cayó sobre mí debido al cedimiento del suelo...
Suelto... suelto... suelto...
Varios milenios y comentarios alemanes, italianos, franceses a mis espaldas después vuelvo a la vida. Abro los ojos. Me desperezo. El agua de la superficie del lago me hace guiños de plata. Decido comerme una manzana. La pelo, guardo la piel en una de las bolsas, me la llevo a la boca, doy un paso y... zas! el suelo rojizo cede bajo mis pies y mi costillar le toma la medida. Una pareja de turistas, que se aproximaba hacia mí, inquiere con sus ojos si todo va bien cuando me estoy poniendo en pie. Okei, okei, marco con mi dedo pulgar... It happens, it happens, susurran con una sonrisa cuando pasan a mi lado. Me limpio el polvo del plumas y pantalones. Parte de mi manzana tiene incrustrados trozos de tierra de diferentes tamaños. Vaya, vaya, vaya... Con lo tranquilito que me había quedado yo... Es que toda meditación en un espacio natural privilegiado ha de acabar con un trompazo de órdago?





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