martes, 28 de julio de 2015

Somos magma, vientos y sueños.

Somos magma, vientos y sueños.
salvajes volcanes,
chorros de aguas ardientes,
océanos de azules hielos.

Somos dulzura y rabia,
icebergs a la deriva,
somos, también, una mirada sabia,
que, a veces,
otra mirada aviva.


Somos huracanes y tormentas,
paraísos ignotos,
almas sedientas,
donde anidan deseos remotos.

Somos viajeros, viajantes,
cicloturistas, andantes,
españoles, alemanes, europeos,
ciudadanos del mundo entero...
Que van a pedalear, por fin,
Islandia... una tierra de fuego.
















Los vikingos saquearon Cádiz

y Sevilla, y Nantes, y París, y Lisboa...
Los vikingos tuvieron una serie de circunstancias que propiciaron su expansión: un aumento desmesurado de la población (debido a sus hábitos polígamos), un descenso de la mortalidad (por retroceder los hielos y ser el clima más benigno, producir más y mejores cosechas sus tierras), la costumbre de que los hijos menores tuvieran que ir a otros lugares a buscar fortuna y el exilio forzado a los criminales. Todas éstas parecen ser causas más que suficientes para que el pueblo vikingo, formado por lo que se estaba configurando por entonces como daneses, noruegos y suecos, se lanzara tanto a comerciar como a asaltar, robar y pasar por la espada y el hacha a media Europa. Pero no todo fue destrucción: fundaron Dublín, el ducado de Normandía, colonizaron Islandia, Groenlandia...

¡Me resultó asombroso saber que remontaron el Guadalquivir en el año 844! Las Islas Británicas fueron las más castigadas, sobre todo los monasterios, llenos a rebosar de todos los tesoros que saqueaban y que han sido encontrados a lo largo de los siglos en las tierras escandinavas. Increíble.
Un pueblo fascinante por su osadía y la riqueza de su cultura, pero extremadamente violento, claro...
Uno de los más feroces guerreros
Retrato original de Erik el Rubio


La importancia de los mitos

Cuarenta años después de que el niño de siete que fui comenzara a disfrutar de la serie Vickie el Vikingo, el hombre que soy va a pedalear un territorio forjado por los vikingos: Islandia, a lomos de una bici que, no por casualidad, bauticé en su día con el nombre de "Walkyria". La influencia de los mitos nórdicos en mi infancia, transmitidos por mi padre a través, entre otras, de la leyenda de Sigfrido y el Dragón, es evidente...

Sigfrido, que se bañó con la sangre del dragón porque le convertiría en un ser invulnerable, pero... una hoja seca, traviesa, cayó cubriéndole el talón y éste quedó, de ese modo, como el único punto débil del héroe... El talón de Sigfrido, el talón de Aquiles... Me repugnaba y fascinaba aquella historia. Qué valentía la de Sigfrido, qué asquito lo de bañarse en sangre...




La fuerza de los mitos nórdicos se afianzó años más tarde cuando empecé a leer los comics Marvel donde uno de los protagonistas era, ni más menos, que Thor, el dios del Trueno. Un dios de Asgard que baja a Midgard, la tierra, para correr aventuras con los débiles humanos... Los superhéroes, encarnaciones actualizadas de los héroes de la mitología clásica, seguían cumpliendo la función básica de éstos: superar pruebas, luchar contra el mal del mundo, propiciar paz y ayudar a los más necesitados. Creo que los chicos (porque éramos los que más disfrutábamos este género, me consta) de mi generación que leímos los comics de superhéroes estuvimos muy influidos, en nuestra educación no formal, con esta caballeresca visión del mundo y los ideales que encarnaban.
Somos esos adultos que podrás ver acudir al cine, en cada estreno al uso, quizás con una camiseta de Mazinger Z o el Capitán América, con canas y con una mirada infantil curiosa brillándonos en los ojos porque ante nosotros se va a desplegar, una vez más, un universo que nos cautivó...
Para mi partida ya tengo preparado un libro adecuado: sagas antiguas de héroes islandeses que, por lo visto, inspiraron a muchos escritores. Entre ellos a Tolkien, que  inventó su Tierra Media y las batallas entre la Luz y la Oscuridad que tanto nos han fascinado en su Señor de los Anillos bajo el influjo de estas sagas.
Este libro, que hubiese comprado en Madrid, apareció por arte de magia en una librería de Huelva, donde he pasado varios días, cerrando mi periplo andaluz previo a la aventura nórdica, pues quería llenarme de sol antes del encuentro con los hielos cuasi polares.




sábado, 25 de julio de 2015

Vickie el vikingo

Corría el año 1975 cuando en España empezaron a emitir esta magnífica serie germano-japonesa. Yo tenía siete años y me sentía fascinado por estos simpáticos personajes -los cuales corrían mil aventuras en su drakkar- y en especial por su protagonista, Vickie, un niño que solía resolver los problemas gracias a su aguda inteligencia. Maravillado, además, por esa televisión que había pasado de mostrar blancos, negros y diferentes tonos de grises a sumergirnos en un universo multicolor en el que Vickie brillaba con luz propia.

No se lloraba ni se sufrían angustias sin fin como en el caso de Marco o Heidi. Uno se adentraba, de manera ingenua (¡eran los setenta!), en la historia del pueblo vikingo y en las relaciones entre sus distintos personajes. Desde entonces, siento una gran curiosidad por esta cultura, y son varios los libros que he comprado para saber, un poco más, de sus usos y costumbres. De tal modo, no lo olvidemos, nos influyen las experiencias que de niños vivimos. Por eso es tan importante estimular a los pequeños con todo tipo de vivencias diferentes que les abran las puertas a la cultura, el arte, la historia, el deporte... porque les va a poner en contacto con multitud de vías que les enriquecen y que luego, a lo largo de su vida, van a poder seguir.

Como en internet se puede encontrar (casi) todo, no me ha extrañado ver que es fácil descargarse la serie completa de Vickie el vikingo. Pero no pienso hacerlo. Tras las experiencias con Mazinger Z o Pippi Calzaslargas, aprendí que aquello que disfruté en el pasado pertenece exclusivamente a aquel tiempo, y que el adulto que soy no puede sino sufrir estas series de dibujos en lugar de gozarlas... En esta sociedad de consumo exagerado, en que cada nicho de mercado se explota al máximo, traficar con la nostalgia y convencer a millones de adultos que se lancen a comprar todo aquello que disfrutaron siendo niños me parece una verdadera estupidez (que está funcionando, por lo que veo a mi alrededor). Qué manera tan curiosa y sencilla de manipularnos... Mantener al niño que fuimos vivo, para obtener de él aquello que más puede hacerle falta al adulto que somos, no pasa por comprar y comprar objetos y series de televisión de nuestra infancia...

Lo que sí me pregunto es qué les parecerá a los niños de hoy estos dibujos animados tan sencillos y con un tempo más lento al que, creo, están acostumbrados. Me ha llamado la atención que el Canto del Loco interpretase la canción de la película que se hizo con personas reales, hace unos años, y que haya un grupo, El Hombre Linterna, que actualiza las canciones de nuestra infancia, en una suerte de melancólica revisión rockera. Anécdotas que aprovecho para compartir con vosotros:

La versión original de la serie de dibujos, la del Canto del Loco, y la de el Hombre Linterna





domingo, 12 de julio de 2015

Pedalear Islandia

Mi amiga Bea me propuso, para este verano, acompañarla en un viaje cicloturista a Islandia. Volcanes, icebergs, focas, piscinas geotermales, zorros polares, glaciares, ballenas... Vikingos... Naturaleza salvaje... Extensos espacios vacíos... Noches blancas y probables auroras boreales...
Tras haber pedaleado solo, el año pasado, por Senegal, me pareció un buen contraste. Del ardiente sol africano al gélido abrazo nórdico. De la soledad a la compañía. Opuestos que enriquecen y obligan a flexibilizar, a adaptarse a las circunstancias que la vida y el viaje propician.

Este blog es un nuevo hijo literario que me nace, una vez más, al calor de las vacaciones, ese espacio de tiempo en el que todo vale, en que se rompen las reglas de la cotidianeidad y se puede embarcar uno, por qué no, en un drakkar en busca de nuevos horizontes.

Pongo a punto mi bicicleta. Observo mapas y temperaturas, intento -sin éxito- leer las decenas de mensajes que los compañeros de viaje, estimulados por la aventura, generan. Reviso mi escudo. Estudio kilometraje. Afilo mi espada.Odín me observa desde Asgard. Sentado en su trono, acaricia su barba y prepara sus desafíos. Agarrando con fuerza el remo, el manillar, miro el cielo que pronto se tornará gris y le digo que estoy listo -o eso creo- para el juego. Escucho una lejana risa...