podría ser éste, Jokulsárlón, por qué no...
El glaciar Breidamerkurjokull se va desgajando desde hace tan solo 80 años y vierte preciosos icebergs -que flotan a la deriva- al lago que se ha formado a sus pies, esperando pacientemente su turno para abandonarlo a través del río más corto de Islandia, el Jokulsá,
en busca del Océano Atlántico, donde serán destrozados por las olas que dejarán sus pedazos brillantes, azules, sobre las arenas negras de la playa...
Paseo por la orilla, en silencio, observando y escuchando el quebrarse del hielo, tocándolo, jugando con él...
Buscando las cabecitas de las focas que asoman, de cuando en cuando, de ese espejo oscuro y gélido para zambullirse unos segundos después...
Sintiéndome molesto por el continuo trasiego de zodiacs y anfibios que inundan este hermoso lugar y lo llenan de ruido y contaminación...
Caminando, solo, reflexiono sobre mi viaje a Islandia, ahora que se escuchan las campanadas de su fin, sobre el modo en que me vi superado por las numerosas frustraciones de las que ya he hablado en entradas anteriores: cómo puede un cicloturista, escritor y con una supercámara -comprada ex profeso para esta experiencia-, que está viendo verdaderas maravillas, no verse afectado por no pedalear -porque va en coche durante ocho días-, no poder escribir en el blog que ha creado para ello -porque no hay cibercafés casi en ninguna parte- y no poder tomar fotos -por haberse quedado el cargador de la cámara lejos durante trece días-... ¿Cómo hacer frente a la frustración, esa intensa punzada que te abrasa cuando no puedes acceder a aquello que deseas y que tienes cerca, muy cerca?
Encontré un rayo de luz dentro de aquella oscuridad: diciéndome que cada una de esas carencias se vería compensada, en el futuro, cuando por fin pudiese satisfacerla. Imaginarme escribiendo mis entradas -aunque fuese ya en Madrid-, tomando fotos maravillosas -en los siguientes viajes- y pedalear -en otros lugares- calmaba, de algún modo, mi ansiedad. Esa enseñanza que me llevo, y espero no olvidar, de este peculiar viaje...
El glaciar Breidamerkurjokull se va desgajando desde hace tan solo 80 años y vierte preciosos icebergs -que flotan a la deriva- al lago que se ha formado a sus pies, esperando pacientemente su turno para abandonarlo a través del río más corto de Islandia, el Jokulsá,
en busca del Océano Atlántico, donde serán destrozados por las olas que dejarán sus pedazos brillantes, azules, sobre las arenas negras de la playa...
Paseo por la orilla, en silencio, observando y escuchando el quebrarse del hielo, tocándolo, jugando con él...
| ¿Quién está tras este trozo de hielo? |
Sintiéndome molesto por el continuo trasiego de zodiacs y anfibios que inundan este hermoso lugar y lo llenan de ruido y contaminación...
| Ignacio posa junto a una de ellas por la mañana, cuando llovía y buscábamos dónde poder desayunar... |
Caminando, solo, reflexiono sobre mi viaje a Islandia, ahora que se escuchan las campanadas de su fin, sobre el modo en que me vi superado por las numerosas frustraciones de las que ya he hablado en entradas anteriores: cómo puede un cicloturista, escritor y con una supercámara -comprada ex profeso para esta experiencia-, que está viendo verdaderas maravillas, no verse afectado por no pedalear -porque va en coche durante ocho días-, no poder escribir en el blog que ha creado para ello -porque no hay cibercafés casi en ninguna parte- y no poder tomar fotos -por haberse quedado el cargador de la cámara lejos durante trece días-... ¿Cómo hacer frente a la frustración, esa intensa punzada que te abrasa cuando no puedes acceder a aquello que deseas y que tienes cerca, muy cerca?
Encontré un rayo de luz dentro de aquella oscuridad: diciéndome que cada una de esas carencias se vería compensada, en el futuro, cuando por fin pudiese satisfacerla. Imaginarme escribiendo mis entradas -aunque fuese ya en Madrid-, tomando fotos maravillosas -en los siguientes viajes- y pedalear -en otros lugares- calmaba, de algún modo, mi ansiedad. Esa enseñanza que me llevo, y espero no olvidar, de este peculiar viaje...
| Pregunta preguntita: ¿dónde está mi otra patita? |
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