Es muy sencillo. Basta con que los apellidos de tu pasaporte no coincidan con los del billete con el que vas a volar. Nada más. Nada menos. Ayuda, por qué no, ser hijo de alemán y de espaniola y tener exclusivamente la nacionalidad germana pues, de ese modo, el baile de apellidos será mucho más divertido.
?No es un primor levantarse a las 3:45, cargar el equipaje y bici en el coche, que tus padres te lleven al aeropuerto y, una vez que se han marchado y has entregado la tarjeta de embarque, te digan que los apellidos no coinciden, que no puedes volar y que tienes que ir a la ventanilla de la compania para que lo resuelvan?
Como será pronto, muy pronto (altamente recomendable coger un vuelo tempranero) mirarás con cierta estupefacción la tajeta de embarque (que tú mismo has impreso en tu casa) y pensarás que estás soniando aún, en tu camita, con que has ido al aeropuerto. Cuando, tras pellizcarte varias veces la conciencia, te des cuenta de que estás completa y aterradoramente despierto, y que es verdad que te está pasando lo que te está pasando, descubrirás que, et voila!, alguien se ha comido tu primer apellido del papel y que sólo aparece, efectivamente, el segundo. Tus cejas se elevarán tanto que desaparecerán bajo tu cabello, y el diámetro de tus ojos rebasará al de las ruedas de tu bicicleta. Balbuciendo incoherencias te desplazarás arrastrando tu equipaje, tus cadenas y tu bola de pesado hierro por la brillante terminal hasta la ventanilla de la compania aérea. Te querrás convencer de que la cosa tiene fácil solución, de que es un error extranio, absurdo, que no te pertenece y que no tienes nada que ver con él, te lo querrás quitar de encima lo antes posible, arrojarlo a una papelera, o dejarlo durmiendo en algún rinconcito, pero unas palabras provenientes del otro lado de la ventanilla a la que has acudido te devolverán su paternidad. Unas palabras que, al unirse, formarán un incomprensible mensaje: "Comprar un nuevo billlete"y "Penalización". Entonces sentirás un mordisco en la boca del estómago que congelará la sangre de tu cerebro. Disfrútalo. Es justo en ese momento cuando se está procediendo al trasvase de minutos, horas, meses o anios de vida a algún lugar incognoscible. Es ese senior de cabello negro, muy bien peinadito, el que se está encargando de la higiénica (no deja más rastro que el de cierto sudor frío en tu espalda) operación.
Buscarás en tu repertorio de rostros, máscaras, sonrisas, susurros y caídas de cejas los más adecuados a la situación, aquéllos que produzcan la compasión precisa para que el conteo se detenga (has de ser rápido y contundente pues, de lo contrario, el flujo seguirá y seguirá y, en un rato, habrás perdido tu bonovida y quedarás cual pellejito quebradizo, arrugado, en el suelo, junto a tu equipaje).
Estate atento a los pensamientos que tu mente compone en esos momentos, pues son pura poesía, de un valor incalculable, del estilo: "Así como nunca es tarde si la dicha es buena, tampoco lo es si la cagada es plena". Intenta amarrarlos, guárdatelos para ti porque son creaciones originales de las que puedes estar angustiadamente satisfecho. Al principio, llevado por cierta arrogancia e ingenuidad, enseniarás tus tarjetas bancaria y médica creyendo que, así de fácil, el problema se va a resolver cuando vea cómo tus dos apellidos aparecen repetidos en sendos documentos. Pero, ay!, el pasaporte... ese pasaporte alemán en el que no figura más que el primer apellido se encargará de sembrar el terror en tu alma y hacer imposible la comprobación...
Te recomiendo, entonces, que te apoyes en la pared (el senior dice que necesita hacer una llamada, a su superior, para ver cómo puede solucinar el problema y que, por favor, te apartes a un lado para dejar pasar a la siguiente persona) y te sugiero que viajes en el tiempo, tantos meses atrás como sea preciso -en mi caso, cuatro- hasta el momento en que estabas haciendo la compra del billete a través de tu ordenador. Te recordarás sumamente atento a la pantalla, a cada uno de los campos que estás rellenando, con tanta tensión al repaso de datos de la compra que, incluso, tus ojos empezaron a sangrar. Y sentirás destellos, muy parecidos a los que nos ensenian las películas -flashbacks, los llaman-, hurgando y hurgando en ese momento fatal en el que equivocaste el lugar en el que debías poner tu primer apellido y, parece ser, pusiste el segundo. "No, no, no puede ser. Es ilógico. He viajado decenas de veces y rellenado multitud de impresos y billetes a lo largo de mi vida" te escucharás decir insistentemente, como si estuvieses intentando convencerte a ti mismo de la imposibilidad del acto en lugar de al senior de cabello repeinado que está llamando, sin éxito, a su inmediato superior.
Así apoyado, junto a tu equipaje, a tus cadenas enrolladas cual serpiente a tus pies, quedarás hipnotizado por el reflejo de las luces sobre la pulida superficie de la inmensa bola que dichas cadenas amarrarán. Y suspirarás. El trasvase ha concluido. Unas últimas gotas de tu luz han quedado, aisladas, a lo largo de la transparente vía que está conectada a tu corazón. "Bien, si he de pagar otro billete, lo haré. Qué remedio". Asumirás tu presente, tu pasado, tu incierto futuro, y te dirás, con carinio: "Todo tiene solución. No te preocupes". Entonces, como por arte de magia, el senior del otro lado de la ventanilla te dirá que no ha podido contactar con su jefe y que te lo va a hacer porque, de lo contrario, pierdes el avión. Te escucharás dándole las gracias muchas veces, mientras te recrimina, como a un ninio pequenio, que no vuelvas a hacerlo nunca más...
Al caminar hacia las cintas de facturación te sentirás más ligero pero también más anciano. Ya no arrastras cadena o peso alguno más allá del de tu equipaje, pero parte de tu energía vital ha quedado allí detrás...
Luego, ya esperando a embarcar en el avión, conviene que te recuerdes, con una sonrisa, que no es preciso salir de tu ciudad para correr las más inesperadas aventuras...
?No es un primor levantarse a las 3:45, cargar el equipaje y bici en el coche, que tus padres te lleven al aeropuerto y, una vez que se han marchado y has entregado la tarjeta de embarque, te digan que los apellidos no coinciden, que no puedes volar y que tienes que ir a la ventanilla de la compania para que lo resuelvan?
Como será pronto, muy pronto (altamente recomendable coger un vuelo tempranero) mirarás con cierta estupefacción la tajeta de embarque (que tú mismo has impreso en tu casa) y pensarás que estás soniando aún, en tu camita, con que has ido al aeropuerto. Cuando, tras pellizcarte varias veces la conciencia, te des cuenta de que estás completa y aterradoramente despierto, y que es verdad que te está pasando lo que te está pasando, descubrirás que, et voila!, alguien se ha comido tu primer apellido del papel y que sólo aparece, efectivamente, el segundo. Tus cejas se elevarán tanto que desaparecerán bajo tu cabello, y el diámetro de tus ojos rebasará al de las ruedas de tu bicicleta. Balbuciendo incoherencias te desplazarás arrastrando tu equipaje, tus cadenas y tu bola de pesado hierro por la brillante terminal hasta la ventanilla de la compania aérea. Te querrás convencer de que la cosa tiene fácil solución, de que es un error extranio, absurdo, que no te pertenece y que no tienes nada que ver con él, te lo querrás quitar de encima lo antes posible, arrojarlo a una papelera, o dejarlo durmiendo en algún rinconcito, pero unas palabras provenientes del otro lado de la ventanilla a la que has acudido te devolverán su paternidad. Unas palabras que, al unirse, formarán un incomprensible mensaje: "Comprar un nuevo billlete"y "Penalización". Entonces sentirás un mordisco en la boca del estómago que congelará la sangre de tu cerebro. Disfrútalo. Es justo en ese momento cuando se está procediendo al trasvase de minutos, horas, meses o anios de vida a algún lugar incognoscible. Es ese senior de cabello negro, muy bien peinadito, el que se está encargando de la higiénica (no deja más rastro que el de cierto sudor frío en tu espalda) operación.
Buscarás en tu repertorio de rostros, máscaras, sonrisas, susurros y caídas de cejas los más adecuados a la situación, aquéllos que produzcan la compasión precisa para que el conteo se detenga (has de ser rápido y contundente pues, de lo contrario, el flujo seguirá y seguirá y, en un rato, habrás perdido tu bonovida y quedarás cual pellejito quebradizo, arrugado, en el suelo, junto a tu equipaje).
Estate atento a los pensamientos que tu mente compone en esos momentos, pues son pura poesía, de un valor incalculable, del estilo: "Así como nunca es tarde si la dicha es buena, tampoco lo es si la cagada es plena". Intenta amarrarlos, guárdatelos para ti porque son creaciones originales de las que puedes estar angustiadamente satisfecho. Al principio, llevado por cierta arrogancia e ingenuidad, enseniarás tus tarjetas bancaria y médica creyendo que, así de fácil, el problema se va a resolver cuando vea cómo tus dos apellidos aparecen repetidos en sendos documentos. Pero, ay!, el pasaporte... ese pasaporte alemán en el que no figura más que el primer apellido se encargará de sembrar el terror en tu alma y hacer imposible la comprobación...
Te recomiendo, entonces, que te apoyes en la pared (el senior dice que necesita hacer una llamada, a su superior, para ver cómo puede solucinar el problema y que, por favor, te apartes a un lado para dejar pasar a la siguiente persona) y te sugiero que viajes en el tiempo, tantos meses atrás como sea preciso -en mi caso, cuatro- hasta el momento en que estabas haciendo la compra del billete a través de tu ordenador. Te recordarás sumamente atento a la pantalla, a cada uno de los campos que estás rellenando, con tanta tensión al repaso de datos de la compra que, incluso, tus ojos empezaron a sangrar. Y sentirás destellos, muy parecidos a los que nos ensenian las películas -flashbacks, los llaman-, hurgando y hurgando en ese momento fatal en el que equivocaste el lugar en el que debías poner tu primer apellido y, parece ser, pusiste el segundo. "No, no, no puede ser. Es ilógico. He viajado decenas de veces y rellenado multitud de impresos y billetes a lo largo de mi vida" te escucharás decir insistentemente, como si estuvieses intentando convencerte a ti mismo de la imposibilidad del acto en lugar de al senior de cabello repeinado que está llamando, sin éxito, a su inmediato superior.
Así apoyado, junto a tu equipaje, a tus cadenas enrolladas cual serpiente a tus pies, quedarás hipnotizado por el reflejo de las luces sobre la pulida superficie de la inmensa bola que dichas cadenas amarrarán. Y suspirarás. El trasvase ha concluido. Unas últimas gotas de tu luz han quedado, aisladas, a lo largo de la transparente vía que está conectada a tu corazón. "Bien, si he de pagar otro billete, lo haré. Qué remedio". Asumirás tu presente, tu pasado, tu incierto futuro, y te dirás, con carinio: "Todo tiene solución. No te preocupes". Entonces, como por arte de magia, el senior del otro lado de la ventanilla te dirá que no ha podido contactar con su jefe y que te lo va a hacer porque, de lo contrario, pierdes el avión. Te escucharás dándole las gracias muchas veces, mientras te recrimina, como a un ninio pequenio, que no vuelvas a hacerlo nunca más...
Al caminar hacia las cintas de facturación te sentirás más ligero pero también más anciano. Ya no arrastras cadena o peso alguno más allá del de tu equipaje, pero parte de tu energía vital ha quedado allí detrás...
Luego, ya esperando a embarcar en el avión, conviene que te recuerdes, con una sonrisa, que no es preciso salir de tu ciudad para correr las más inesperadas aventuras...
| Bigotij vigila para que nadie se lleve el equipaje |
A VER SI DE UNA VEZ ME DEJA PUBLICAR QUE TE ESCRITO VARIAS COSAS Y NO PODIA MECACHIS , EN DEFINITIVA QUE ME ALEGRO QUE TODO SALIERA BIEN
ResponderEliminar¡ vaya susto! Me alegra saber que se solucionó bien.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarUfffffffffffffffffffff..........que sudores!!!
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