Corría el año 1975 cuando en España empezaron a emitir esta magnífica serie germano-japonesa. Yo tenía siete años y me sentía fascinado por estos simpáticos personajes -los cuales corrían mil aventuras en su drakkar- y en especial por su protagonista, Vickie, un niño que solía resolver los problemas gracias a su aguda inteligencia. Maravillado, además, por esa televisión que había pasado de mostrar blancos, negros y diferentes tonos de grises a sumergirnos en un universo multicolor en el que Vickie brillaba con luz propia.
No se lloraba ni se sufrían angustias sin fin como en el caso de Marco o Heidi. Uno se adentraba, de manera ingenua (¡eran los setenta!), en la historia del pueblo vikingo y en las relaciones entre sus distintos personajes. Desde entonces, siento una gran curiosidad por esta cultura, y son varios los libros que he comprado para saber, un poco más, de sus usos y costumbres. De tal modo, no lo olvidemos, nos influyen las experiencias que de niños vivimos. Por eso es tan importante estimular a los pequeños con todo tipo de vivencias diferentes que les abran las puertas a la cultura, el arte, la historia, el deporte... porque les va a poner en contacto con multitud de vías que les enriquecen y que luego, a lo largo de su vida, van a poder seguir.
Como en internet se puede encontrar (casi) todo, no me ha extrañado ver que es fácil descargarse la serie completa de Vickie el vikingo. Pero no pienso hacerlo. Tras las experiencias con Mazinger Z o Pippi Calzaslargas, aprendí que aquello que disfruté en el pasado pertenece exclusivamente a aquel tiempo, y que el adulto que soy no puede sino sufrir estas series de dibujos en lugar de gozarlas... En esta sociedad de consumo exagerado, en que cada nicho de mercado se explota al máximo, traficar con la nostalgia y convencer a millones de adultos que se lancen a comprar todo aquello que disfrutaron siendo niños me parece una verdadera estupidez (que está funcionando, por lo que veo a mi alrededor). Qué manera tan curiosa y sencilla de manipularnos... Mantener al niño que fuimos vivo, para obtener de él aquello que más puede hacerle falta al adulto que somos, no pasa por comprar y comprar objetos y series de televisión de nuestra infancia...
Lo que sí me pregunto es qué les parecerá a los niños de hoy estos dibujos animados tan sencillos y con un tempo más lento al que, creo, están acostumbrados. Me ha llamado la atención que el Canto del Loco interpretase la canción de la película que se hizo con personas reales, hace unos años, y que haya un grupo, El Hombre Linterna, que actualiza las canciones de nuestra infancia, en una suerte de melancólica revisión rockera. Anécdotas que aprovecho para compartir con vosotros:
La versión original de la serie de dibujos, la del Canto del Loco, y la de el Hombre Linterna
No se lloraba ni se sufrían angustias sin fin como en el caso de Marco o Heidi. Uno se adentraba, de manera ingenua (¡eran los setenta!), en la historia del pueblo vikingo y en las relaciones entre sus distintos personajes. Desde entonces, siento una gran curiosidad por esta cultura, y son varios los libros que he comprado para saber, un poco más, de sus usos y costumbres. De tal modo, no lo olvidemos, nos influyen las experiencias que de niños vivimos. Por eso es tan importante estimular a los pequeños con todo tipo de vivencias diferentes que les abran las puertas a la cultura, el arte, la historia, el deporte... porque les va a poner en contacto con multitud de vías que les enriquecen y que luego, a lo largo de su vida, van a poder seguir.
Como en internet se puede encontrar (casi) todo, no me ha extrañado ver que es fácil descargarse la serie completa de Vickie el vikingo. Pero no pienso hacerlo. Tras las experiencias con Mazinger Z o Pippi Calzaslargas, aprendí que aquello que disfruté en el pasado pertenece exclusivamente a aquel tiempo, y que el adulto que soy no puede sino sufrir estas series de dibujos en lugar de gozarlas... En esta sociedad de consumo exagerado, en que cada nicho de mercado se explota al máximo, traficar con la nostalgia y convencer a millones de adultos que se lancen a comprar todo aquello que disfrutaron siendo niños me parece una verdadera estupidez (que está funcionando, por lo que veo a mi alrededor). Qué manera tan curiosa y sencilla de manipularnos... Mantener al niño que fuimos vivo, para obtener de él aquello que más puede hacerle falta al adulto que somos, no pasa por comprar y comprar objetos y series de televisión de nuestra infancia...
Lo que sí me pregunto es qué les parecerá a los niños de hoy estos dibujos animados tan sencillos y con un tempo más lento al que, creo, están acostumbrados. Me ha llamado la atención que el Canto del Loco interpretase la canción de la película que se hizo con personas reales, hace unos años, y que haya un grupo, El Hombre Linterna, que actualiza las canciones de nuestra infancia, en una suerte de melancólica revisión rockera. Anécdotas que aprovecho para compartir con vosotros:
La versión original de la serie de dibujos, la del Canto del Loco, y la de el Hombre Linterna



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